COMCOSUR

 

Comcosur Mujer

 

ECUADOR

1) EN DEFENSA DEL AMBIENTE Y LA VIDA


PRODH

Libia Grueso Castelblanco, afrocolombia de 43 años, trabajadora social, educadora y defensora de los derechos de las comunidades afro de Buenaventura, departamento de Nariño, es una de las seis personas ganadoras del Premio Ambiental Goldman, considerado el "Premio Nobel Ambiental".

Este reconocimiento lo merece por la estrategia de desarrollo sostenible que dirigió en su región, con base en una alianza entre ecología y cultura. Su gran logro se demostró luego de que consiguiera, con su equipo, que más de 5.9 millones de acres en derechos territoriales, fueran reconocidos para las comunidades rurales negras en el Pacífico Sur colombiano.
Su esfuerzo consiguió que en 1993 el gobierno nacional expidiera la Ley 70, base legal que permitió desde entonces, el reconocimiento de los derechos jurídicos, políticos, económicos, territoriales, sociales y culturales de las comunidades negras del país.

En la década de los 90 consiguió parar la explotación de oro en el departamento del Valle del Cauca y con ello, evitó una gran crisis alimentaria y de salubridad que amenazaba afectar a toda la comunidad.

Una de las propuestas ambientalistas más importantes en la Costa Pacífica colombiana es la aprobación, por parte del Estado, de una política ambiental. En esta región confluyen intereses económicos de grandes multinacionales farmacéuticas, de materias primas e hidrocarburos; así como también, intereses territoriales y geopolíticos manifestados y practicados por los grupos alzados en armas, que han diezmado y desplazado a decenas de comunidades negras e indígenas.

 



IRAK

1) UN ÚTERO NO SUSTITUYE UNA CONCIENCIA


Lo que me ha enseñado Abu Ghraib
Por Barbara Ehrenreich
(Znet en español)

Incluso aquellas personas a las que considerábamos inmunes a la vergüenza, como el secretario de Defensa, admiten que las fotografías de la prisión de Abu Ghraib les revolvieron el estómago. A mí las fotos, como feminista, me afectaron de un modo diferente. Me partieron el corazón. No me hacía ilusiones sobre la misión de EEUU en Irak -consista eso en lo que sea- pero tenía alguna esperanza con las mujeres. De los siete soldados americanos ahora acusados de diversas
formas ofensivas de abuso en Abu Ghraib, tres son mujeres: la guarda de seguridad Megan Ambuhl, la soldado Lynndie England y la guarda de seguridad Sabrina Harman. Harman era la que veíamos sonriendo con una sonrisa pillina y haciendo el gesto del pulgar levantado detrás de una pila de iraquíes encapuchados y desnudos como diciendo: "Hola mami, esta soy yo en Abu Ghraib".
England era la que veíamos sujetando con una correa de perro a un iraquí desnudo. Si fuéramos relaciones públicas de Al Qaeda, no podríamos haber sacado una imagen mejor para animar a los misóginos fundamentalistas islámicos de todo el mundo.

Ahí, en esas fotos de Abu Ghraib, encontramos todo lo que los fundamentalistas islámicos creen que caracteriza la cultura occidental, todo perfectamente orquestado en una espantosa imagen: arrogancia imperial, depravación sexual ...e igualdad de género. Quizá no debería haberme sorprendido tanto. Sabemos que las buenas personas pueden hacer las peores cosas si se dan las circunstancias adecuadas. Eso es lo que el psicoanalista Stanley Milgram descubrió en sus
famosos experimentos de los años sesenta. Con toda probabilidad Ambuhl, England y Harman no son congénitamente personas malvadas. Son mujeres de clase trabajadora que querían estudiar y sabían que el ejército podía ser un trampolín para ello. Una vez alistadas querían encajar. Y tampoco debería sorprenderme porque nunca he creído que las mujeres sean, de forma innata, más amables y menos agresivas que los hombres. Como la mayoría de las feministas, yo he apoyado igualdad de oportunidades de las mujeres en el ejército, primero porque sabía que las mujeres podían luchar y segundo porque el ejército es una de las pocas opciones existentes para las personas jóvenes con pocos recursos económicos.

Aunque me opuse a la guerra del Golfo Pérsico de 1991, me sentía orgullosa de nuestras militares y encantada de que su presencia disgustara a los anfitriones árabes. Secretamente esperaba que la presencia de mujeres cambiaría, con el tiempo, el ejército, haciéndolo más respetuoso con otras gentes y culturas, que lo haría más capaz de mantener la paz de forma genuina. Eso es lo que pensaba.
Pero ya no lo pienso. Un cierto tipo de feminismo, o quizá debería decir un cierto tipo de feminismo ingenuo murió en Abu Ghraib. Era un feminismo que veía a los hombres como los eternos autores de los delitos, a las mujeres como las eternas víctimas y la violencia sexual de los hombres contra las mujeres, como la raíz de toda injusticia. La violación ha sido utilizada repetidamente como un
instrumento de guerra y para algunas feministas, empezaba a parecer como si la guerra fuese una extensión de la violación. Parecía haber al menos cierta evidencia de que el sadismo sexual masculino, estaba conectado con la trágica propensión de nuestra especie a la violencia. Esto era antes de que viéramos el sadismo sexual femenino en acción.

Pero no era sólo la teoría de este feminismo ingenuo lo que estaba equivocado.
También lo era su visión y estrategia para el cambio. La estrategia y la visión se sostenían en la suposición, implícita o expresada descaradamente, de que las mujeres eran moralmente superiores a los hombres. Hemos tenido muchos debates en torno a si era la biología o los condicionamientos, los que daban a la mujer la autoridad moral o simplemente la experiencia de ser una mujer en una cultura sexista. Pero la suposición de la superioridad, o al menos la de una inclinación menor hacia la crueldad y violencia, estaba, más o menos, detrás del debate.
Después de todo, las mujeres hacen la mayor parte de los trabajos de servicios sociales y cuidados y los sondeos demuestran que son menos favorables a la guerra que los hombres. No soy la única que se está debatiendo ahora con esa suposición. Mary Jo Melone, una columnista del St. Petersburg (Fla.) Times escribió el 7 de mayo: "No me puedo sacar esa imagen de England, de la cabeza (apuntando a los genitales del iraquí encapuchado) porque esa no es la forma de
comportamiento que se espera de una mujer. El feminismo me enseño hace treinta años que las mujeres no sólo recibían un trato injusto por parte de los hombres sino que eran moralmente superiores a ellos".

Si esa suposición hubiese sido exacta, todo lo que habríamos tenido que hacer para tener un mundo mejor -más amable, menos violento, más justo- era habernos incorporado a lo que ha sido, durante cientos de años, el mundo de los hombres.
Lucharíamos, para que las mujeres se convirtieran en generales, directores generales, senadores, profesores, formadoras de opinión, y esa sería simplemente, la única lucha que deberíamos emprender. Porque una vez obtenido el poder y la autoridad, una vez alcanzada una presencia suficiente en las instituciones de la sociedad, las mujeres trabajarían de forma natural por el
cambio. Eso era lo que pensábamos, incluso si lo pensábamos inconscientemente, y eso, no es verdad. Las mujeres pueden hacer lo impensable. Ni siquiera podemos sostener, en el caso de Abu Ghraib, que el problema era que no había suficientes mujeres en la jerarquía militar para detener los abusos. La prisión estaba dirigida por una mujer, la General Janis Karpinski. El oficial de mayor rango de la Inteligencia americana en Irak, que también era responsable de supervisar el estado de los detenidos antes de su liberación, era la Comandante en Jefe Barbara Fast. Y la funcionaria, responsable en última instancia de la dirección de la ocupación de Irak desde Octubre era Condoleezza Rice. Como Donald H. Rumsfeld, ignoró repetidos informes sobre abusos y torturas hasta que la evidencia innegable de las fotografías salió a la luz.

Lo que hemos aprendido de Abu Ghraib, de una vez por todas, es que el útero no sustituye la conciencia. Eso no quiere decir que no merezca la pena luchar por la igualdad de género en sí misma. Merece la pena. Si creemos en la democracia, creemos entonces en el derecho de la mujer a hacer y alcanzar todo lo que un hombre puede hacer y alcanzar, incluso las cosas malas. Se trata simplemente, de que la igualdad de género no puede, por si sola, proporcionar un mundo justo y
en paz. De hecho, debemos reconocer con toda la humildad, que el tipo de feminismo basado en la suposición de una superioridad moral de la mujer no sólo es ingenua sino también una forma de feminismo auto-condescendiente y perezosa.
Auto-condescendiente porque asume que una victoria para una mujer -una promoción, una licenciatura, el derecho a alistarse como los hombres en el ejército- es, por su propia naturaleza, una victoria para la humanidad. Y perezosa porque asume que sólo tenemos una lucha -la lucha de la igualdad de género- cuando de hecho, tenemos muchas más.

Las luchas por la paz y la justicia social y contra el imperialismo y la arrogancia racista, no pueden, y siento sinceramente decirlo, meterse dentro de la lucha por la igualdad de género. Lo que necesitamos es un nuevo tipo de feminismo fuerte y sin falsas ilusiones. Las mujeres no cambian las
instituciones simplemente incorporándose a ellas, sino decidiendo luchar a conciencia para cambiarlas. Necesitamos un feminismo que enseñe a las mujeres a decir no, no sólo al violador de turno o a un novio demasiado insistente sino, cuando sea necesario, a la jerarquía militar o administrativa en la que se encuentre.

Resumiendo, necesitamos un tipo de feminismo que pretenda no sólo incorporarse a las instituciones creadas por los hombres durante siglos, sino infiltrarse en ellas y subvertirlas. Para citar una vieja y nada ingenua frase feminista: "Si piensas que la igualdad es el objetivo, tus estándares son muy bajos". No es suficiente el ser iguales a los hombres cuando los hombres actúan como bestias.
No basta con incorporarse. Necesitamos crear un mundo en el que merezca la pena incorporarse.

 




SUDAN

1) SUDÁN: SE INICIA CAMPAÑA CONTRA VIOLACIÓN SISTEMÁTICA DE MUJERES Y NIÑAS


(Afrol News)

Ante los alarmantes informes desde Darfur, Sudán, sobre la violación sistemática de centenares de mujeres por las milicias janjawid respaldadas por el gobierno, Amnistía Internacional ha emprendido una campaña mundial para combatir la violencia contra las mujeres en esta región, pidiendo al gobierno sudanés que tome medidas urgentes para abordar la crisis humanitaria y de derechos humanos de Darfur.

"En los últimos meses se han recibido de la región de Darfur, en el oeste de Sudán, alarmantes informes sobre la violación sistemática de centenares de mujeres por las milicias janjawid respaldadas por el gobierno, lo que demuestra que es necesario que la comunidad internacional intensifique su presión sobre las autoridades. El gobierno sudanés debe tomar medias urgentes para abordar la crisis humanitaria y de derechos humanos de Darfur", ha manifestado Amnistía
Internacional.

La organización denuncia haber recibido incontables informes sobre mujeres violadas por las milicias janjawid y los efectos a largo plazo de estos delitos son visibles en países como Ruanda, donde hay numerosas mujeres y niños aún traumatizados y que viven con enfermedades de transmisión sexual, incluido el HIV/Sida, como consecuencia de las violaciones sistemáticas cometidas durante el
genocidio hace ya 10 años.

También se han recibido también informes, aunque aún no confirmados, según los cuales se ha secuestrado a muchas mujeres y niñas para utilizarlas como esclavas sexuales o trabajadoras domésticas. "El acuerdo de alto el fuego del 8 de abril es un avance importante -ha señalado la organización-, pero sigue siendo insuficiente si el gobierno no permite de inmediato el acceso de organismos humanitarios y observadores internaciones de derechos humanos. Entre estos
últimos ha de haber expertos en cuestiones de violencia sexual."

Entre el 27 y el 29 de febrero de 2004 fueron atacados varios pueblos de la zona de Tawila. Sus habitantes y los trabajadores de los organismos de asistencia humanitaria, incluida la ONU, informaron de violaciones sistemáticas de mujeres y escolares. El ex coordinador de asistencia humanitaria de la ONU para Sudán Mukesh Kapila contó lo siguiente: "Todas las casas, así como un mercado y un centro de salud fueron saqueados completamente, y el mercado quemado. Más de 100 mujeres fueron violadas, seis de ellas delante de sus padres, a los que luego mataron", ha señalado Amnistía.

Entre los desplazados internos hay un número desproporcionado de mujeres, que han buscado refugio en centros urbanos de la región. Allí han caído bajo el control de las milicias janjawid y las fuerzas del gobierno y están expuestas constantemente a sufrir agresiones sexuales. Padecen también los efectos de una escasez crónica de alimentos debido a la tardanza del gobierno de Sudán en permitir el acceso de los organismos humanitarios a la región. Actualmente sólo
alrededor del 50 por ciento de los desplazados internos tienen acceso a la asistencia humanitaria.

 


 

 

ENCUENTROS, SEMINARIOS Y TALLERES

1) DECLARACIÓN DEL SEMINARIO GLOBALIZACIÓN Y MOVIMIENTO DE MUJERES


Santo Domingo, 5 de junio 2004.

Las organizaciones sociales caribeñas, centroamericanas y mexicanas reunidas en el Seminario Globalización y Movimiento de Mujeres, desarrollado durante el 4 y 5 de junio de 2004 en Santo Domingo, Republica Dominicana, por este medio queremos plantear ante las sociedades del Caribe, nuestra firme oposición a la lógica del comercio e inversión expresada en los Tratados de Libre Comercio -como el recientemente suscrito por los gobiernos de Centroamérica y al que se ha anexado el gobierno dominicano-, y el Área de Libre Comercio de las América (ALCA).

Estos Tratados y Acuerdos ubican en la ganancia el valor superior de las cosas, subordinando los derechos de las personas y la conversación del medio ambiente. El análisis de los textos del TLC impuesto por el gobierno de Estados Unidos y aceptado obedientemente por los gobiernos centroamericanos y dominicano, evidencia los múltiples perjuicios que este instrumento generaría en nuestras vidas, particularmente sobre las mujeres y familias de menores ingresos, al subordinar los marcos jurídicos de nuestros países a dicha lógica y reforzar el carácter neoliberal de las políticas publicas; generar la perdida de la soberanía alimentaria, la quiebra de la micro y pequeña empresa, el incremento de los flujos migratorios y la culminación de los procesos de privatización de los servicios públicos.

El CAFTA promociona un espejismo: el "libre comercio". El libre comercio es una ilusión en el actual contexto en que Estados Unidos puede imponer medidas proteccionistas para su economía,
particularmente para sus importaciones de productos agrícolas y, por otra parte, imponer una apertura indiscriminada a sus exportaciones de productos y capitales. El tratado no solo ignora las enormes asimetrías económicas, políticas, tecnológicas e institucionales existentes entre las economías suscriptoras del tratado y sus empresas, sino que las profundizaría.

El CAFTA atenta contra la soberanía de los pueblos, y golpea directamente la vida de las mujeres en aspectos tan específicos como la precarizacion de las condiciones laborales como consecuencia de la consolidación del esquema maquilador, la privatización de los servicios públicos que se traduce en una falta de acceso a la salud, educación, agua y electricidad.


No podemos permitir que el agua, un bien publico y recurso natural, esencial para la vida, sea convertida por estos tratados en una simple > mercancía; esto supondría negarle a la mayoría de la población de nuestros países su derecho inalienable a la vida. La privatización del agua implicaría una carga adicional en el trabajo de las mujeres, dados los roles productivo y reproductivo asignados culturalmente.

Con la ratificación del CAFTA se busca patentar "todo", ampliando el alcance de los derechos de propiedad intelectual de las transnacionales, para crear un marco que abre el espacio para que
nuestros pueblos continúen siendo victimas de altos precios en los medicamentos, la extracción de nuestras riquezas naturales, ahora especies vegetales, semillas, microorganismos y conocimientos
tradicionales, que podrán ser "patentadas" por las trasnacionales. También el CAFTA pretende homogeneizarnos, atenta contra la diversidad en todos los aspectos de la vida humana, con lo cual impone un modelo regido por la lógica del mercado.

Con la fuerza de la razón, las organizaciones que suscribimos esta declaración reafirmamos nuestra firme postura en contra del CAFTA y el ALCA y a favor de la integración de los pueblos, basada en principios de equidad, justicia, diversidad y sustentabilidad, lo cual nos insta a trabajar en la construcción de nuestras propuestas alternativas, las cuales se van tejiendo desde abajo y desde adentro.

Por lo anterior, planteamos la necesidad de trabajar en una articulación de los diversos sectores sociales para llevar a cabo acciones tendientes a evitar la ratificación del Tratado, sumándonos a
una movilización general que ejerza toda la presión requerida en los Congresos de Centroamérica, Republica Dominicana y de Estados Unidos para evitar la ratificación del CAFTA.

Al pueblo y organizaciones sociales estadounidenses hacemos un llamado a privilegiar junto a los pueblos centroamericanos y dominicano un Acuerdo global de cooperación técnica y de integración económica y social con los Estados Unidos. Este acuerdo debe enfatizar en materia de pleno respeto a los derechos humanos, libre migración de personas, protección ambiental, apertura comercial, inversiones productivas, transferencia de tecnologías y procesos productivos limpios y
sustentables, cancelación de la deuda externa y pago de la deuda ecológica; que oriente nuestros esfuerzos hacia el logro de una sociedad democrática, sustentable y justa en el Caribe y
Centroamérica.

A los diputados, diputadas y congresistas: NO ratificar el CAFTA y constituir un frente parlamentario que se oponga al CAFTA, para que desde los intereses de los pueblos, trabajemos por una integración sustentable y con justicia social.

A los gobiernos de Centroamérica, Republica Dominicana y Estados Unidos demandamos que no se firme el CAFTA por las nefastas secuelas que generaran en las personas, el medio ambiente y las economías.

OTRO CARIBE Y CENTROAMÉRICA SON POSIBLES. POR LA INTEGRACIÓN DE LOS PUEBLOS

Santo Domingo, 5 de junio 2004.

 





REFLEXIONES

1) TODOS SOMOS PUTAS


Carlo Frabetti
Gara

La metonimia es una figura retórica que consiste en tomar el efecto por la causa (o viceversa), el autor por la obra, la parte por el todo (aunque en este caso es más correcto hablar de sinécdoque), etcétera. Si la metáfora es una sustitución por semejanza, la metonimia es una sustitución por afinidad o proximidad. Pero, como todas las figuras retóricas, la metonimia es también una forma de interpretar la realidad y, en última instancia, un intento de controlarla simbólicamente. Por eso es uno de los recursos básicos de los sueños, de la poesía, de las perversiones, de la religión, de las ideologías...

¿Por qué la prostitución nos parece tan sórdida e indigna? Porque proyectamos en ella la sordidez de nuestra propia vida, nuestra propia indignidad de mercancías humanas.

En una sociedad-mercado en la que todo (menos el cariño verdadero) se compra y se vende, en la que la inmensa mayoría de las personas venden la mitad de su vigilia (y la casi totalidad de sus sueños) por un puñado de monedas, la prostituta es la perfecta metonimia a la vez emblema y chivo expiatorio de la degradación colectiva. Pues la p(rostit)uta a la que un peyorativo síncope, como si no fuera digna ni de un nombre completo, convierte en «puta» vende, literalmente, su cuerpo, mientras que los demás sólo vendemos el alma, que no se ve (ni se toca), lo que nos permite proyectar nuestra humillación cotidiana, nuestra alienación, en otras servidumbres menos encubiertas, acaso menos hipócritas.

La prostituta vende su sexo, que se considera la parte más íntima y personal del individuo («El cerebro es mi segundo órgano favorito», dice Woody Allen, que no en vano es el ídolo de los mediocres, sobre todo de los varones). Pero quienes consideramos que nuestra parte más íntima y personal nuestro primer órgano favorito es el cerebro, deberíamos reflexionar un poco sobre las múltiples formas de prostitución a las que nos aboca esta sociedad-mercado. No tomemos el
efecto por la causa, la parte por el todo. Todos somos putas.

Las exquisitas presentadoras de televisión que, asomadas al balcón de su calculado escote, llaman «tropas de ocupación» a los terroristas judeocristianos que violan, torturan y asesinan a hombres, mujeres y niños iraquíes, y acto seguido, con la misma elegancia (esa elegancia imperturbable que las convierte en candidatas a princesas), llaman «radicales islámicos» a quienes heroicamente
defienden a su pueblo de los terroristas, prostituyen algo más que sus seductoras sonrisas y sus calculados escotes.

Por no hablar de los periodistas. ¿Qué decir, por ejemplo, de los columnistas de los principales diarios del Estado español que, al llamado de sus directores- madames (algunos con liguero y todo), se bajan los pantalones metafóricos (metonímicos, mejor dicho) para poner su honra intelectual al servicio de los espúreos intereses de sus amos? ¿Cuánto cobra Juan Luis Cebrián por decir que el
Che era un terrorista? ¿Cuánto cobra Fernando Savater por vender sus escasas neuronas y su carné de filósofo a quienes ven y con razón en la izquierda abertzale uno de los más peligrosos enemigos de la barbarie neoliberal? ¿Cuánto cobra Carlos Fuentes por cantar las alabanzas de un «empresario global» (ahora se llaman así) de la calaña de Gustavo Cisneros? La reciente ofensiva desplegada por el Ayuntamiento de Madrid contra la prostitución callejera, además de su
gravedad intrínseca, adquiere en estos momentos una notable im- portancia simbólica.

Los mismos canallas que han apoyado la «liberación» de Irak (por el expeditivo método de torturar, violar y asesinar a sus habitantes), quieren «liberar» a las prostitutas (sobre todo a las inmigrantes) estigmatizándolas, criminalizándolas y condenándolas a la miseria. La campaña iba a llamarse "Libertad duradera", pero como el nombre ya estaba asignado a otra iniciativa de los mismos
promotores, ha acabado llamándose "Plan contra la esclavitud sexual". Y de nada sirve que las prostitutas se manifiesten y declaren una y otra vez que no son esclavas de nadie, que tienen derecho a hacer con su cuerpo lo que les dé la gana.

Botella y Gallardón (y algunas feministas de salón, dicho sea de paso) saben mejor que ellas lo que les conviene. Porque las prostitutas son, ante todo, mujeres, y el patriarcado (el gran rufián de las verdaderas esclavas sexuales, que son las amas de casa) no puede tolerar que las mujeres sean dueñas de su propio cuerpo y abandonen el ámbito de sumisión en el que se intenta confinarlas
desde el neolítico. Una mujer que explicita y autogestiona su sexualidad, que se alquila en vez de venderse, como las esposas, que tiene muchos clientes en lugar de un solo amo, es un paradigma perturbador, un espejo en el que pocos y pocas se atreven a mirarse.

En última instancia, lo que los neofascistas les niegan a los demás sean iraquíes, vascos o mujeres es el derecho a la autodeterminación. Y eso mismo el derecho a la autodeterminación de las personas y los pueblos es lo que tenemos que defender por encima de todo, en todos los frentes, contra los verdaderos terroristas. Es decir, contra el terrorismo de Estado.

* Carlo Frabetti. Matemático y escritor

 





2) LA NIÑA DE LA FOTO

Kim Phuc Phan Thi, aquella niña que corría desnuda por la carretera número 2 Vietnam-Camboya el 8 de junio de 1972

Por Marta Fernández Morales
(La Morada)

Hace unas semanas una buena amiga me regaló una cinta de vídeo con un documental grabado de algún canal de pago que yo no disfruto en mi casa. Se lo agradecí a pesar del dolor que me provocó. El trabajo, de más o menos una hora de duración, se titulaba "Kim Phuc, la imagen de Vietnam". Después de pensármelo bastante, le dediqué una tarde de domingo. No una hora que duraban las imágenes, digo, sino toda una tarde. Digerir el contenido y lo que significaba me costó mucho más de lo que duraba el documental. Y secarme las lágrimas contagiosas de Kim Phuc me
llevó también un buen rato. A veces me pregunto cuándo dejaremos de acumular violencia y dolor los seres humanos.

Kim Phuc Phan Thi, para quienes no recuerden su nombre con sonido de campana alegre, es aquella niña que corría desnuda por la carretera número 2 Vietnam-Camboya el 8 de junio de 1972, después de que dos aviones estadounidenses bombardearan su pueblo con napalm para hacer salir al vietcong.
El fotógrafo Nick Ut, por entonces novato en eso de la guerra y de apretar el botón a tiempo, oyó sus gritos, vio su piel en llamas, e hizo lo que había ido a hacer en aquella guerra que tanto estaba dividiendo al pueblo norteamericano:disparar su cámara. La instantánea recorrió el mundo inmediatamente y le valió a Ut el Premio Pulitzer de Fotoperiodismo aquel año. El recuerdo de Kim Phuc es desde entonces el recuerdo de la primera guerra perdida por los estadounidenses
y de una atrocidad sin nombre que devoró a criaturas inocentes. Como ocurre en todas las guerras, incluida ésa que no ha terminado cuando escribo estas líneas, aunque el as de picas haya caído con barba y todo.

Ya parece un tópico esto de repetir una y otra vez que en los conflictos bélicos de la segunda mitad del siglo XX los peor parados son siempre los más débiles de la sociedad. Es decir, las mujeres de todas las edades, los niños y niñas, y las personas mayores o inválidas. Suena a refrán político manido, a campaña pacifista trasnochada. Pero sigue siendo verdad. Y la imagen de Kim Phuc
gritando a todo lo que daban sus pulmones nos lo confirma. Al ver el documental, que iba más allá de la foto para mostrar toda la grabación realizada aquel fatídico día por la prensa allí presente, contemplamos cómo del cuerpo de Kim caen trozos de algo que parecen ser sus ropas. La niña sigue chillando. Los otros pequeños que la siguen por la carretera, también. Los pedazos que se
desprenden del delgadísimo cuerpo de Kim no son vestidos. Es su propia piel. El napalm deshizo las ropas y luego siguió carcomiendo hasta llegar al hueso. La niña sigue chillando. Los fotógrafos que la inmortalizan, también. Piden ayuda, la cogen en brazos, ya inconsciente, y la llevan a un hospital con riesgo de sus propias vidas.

Treinta años después, un periodista como los de entonces invita a Kim Phuc a realizar un viaje: buscará a los médicos que la operaron, a la mujer que la acogió cuando emigró a Canadá sin nada más que sus heridas eternas, y tratará también de encontrar al piloto que dejó caer la bomba que se llevó a su familia, su aldea entera, la mayor parte de su epidermis y sus sueños en Vietnam. Kim,
mujer fuerte como tantas, superviviente nata y madre de sonrisa perenne, acepta.
Y los halla. A todos. Agradece a los médicos sus cuidados, a los fotógrafos su generosidad por elegirla y salvarle la vida aquel día de primavera. Llora en los brazos de su "mamá canadiense", la viejita preciosa que recoge refugiados en su casa a pesar de las leyes, de las fronteras y de los disgustos de verlos partir, repatriados, en ocasiones injustas. Y en una tremenda escena final, acude como invitada a una ceremonia de conmemoración de la guerra de Vietnam frente al
memorial que trata de cerrar heridas con sus miles de nombres inscritos en mármol. Allí le ve. Se sientan cara a cara. Hombre. Mujer. Veterano. Veterana.
Ex-soldado. Civil. ¿Asesino? ¿Víctima? Ahora él es sacerdote. Ahora ella es embajadora de buena voluntad de UNICEF, activista, esposa, madre y mujer feliz.
Él predica desde un púlpito. Ella da conferencias y charlas por todo el mundo para convencer a la gente de que la guerra no es el camino. A él le sigue oliendo a carne quemada cuando cierra los ojos. A ella también. Es la carne de Kim Phuc, generosa y valiente, que se enfrentó al dolor sin fin (a sus 37 años siguen curándose las huellas del napalm) y al que casi fue su verdugo. La carne
de los niños vietnamitas, iraquíes, bosnios... La carne humana que se derrite bajo el fuego cruzado y sin sentido.

Ante las cámaras, ante mis ojos perplejos, Kim perdona. Con una sonrisa milenaria. Con un abrazo que es una lección de coraje y un ejemplo de cómo vivir con tus cicatrices y tus miedos sin dejarte dominar por ellos. Un abrazo de paz en tiempos de guerra. No quiero volver a ver mujeres quemadas abrazar a sacerdotes metodistas. No si son como Kim Phuc y su piloto. No si su encuentro
significa que ha habido otra guerra más. Miles de violaciones más. Miles de muertes más. Miles de niños y niñas sin hogar. Y otra vez ese olor a carne quemada.

 

 

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